No es por medio del debilitamiento institucional como avanzaremos en la consolidación de los modelos democráticos. Por el contrario, apostando a su fortalecimiento, reconocimiento y respeto es como abonaremos a la construcción de un mejor modelo político que garantice los derechos humanos, y con ello garantizar la dignidad de las personas.

El Renacimiento marca la transición entre la Edad Media y el inicio de la Moderna, y si bien sus principales exponentes se dieron en las artes, hubo una renovación en todo el pensamiento occidental. Esta etapa se caracteriza por abandonar el discurso justificativo de la realidad desde lo divino (teocentrismo), para colocar al ser humano como medida y origen de todas las cosas (antropocentrismo). Se planteó una nueva forma de ver el mundo y al ser humano, constituyendo el humanismo.

Surgen corrientes de pensamiento que influyen en la Ilustración y a su vez en los movimientos libertarios (Independencia de Estados Unidos y Revolución Francesa), marcando el surgimiento del Estado Liberal, resultado de la Revolución Liberal en sustitución de la Monarquía absoluta. Conocidos los peligros y desigualdades de concentrar el poder en una sola persona, se idea un nuevo modelo de Estado.

La soberanía como poder que emana del pueblo, encuentra en la democracia representativa el mecanismo para nombrar a los representantes que detentarán el poder público en beneficio del propio pueblo. Finalmente el Estado liberal surge del inconformismo con el régimen absolutista.

Los principios de este nuevo modelo estadual son la mencionada soberanía popular, la división de funciones en el ejercicio del poder, el apego al marco de la legalidad y la protección de los derechos fundamentales.

Todo ello en la creación y fortalecimiento de las instituciones del Estado, que materializan la permanencia del mismo más allá de las personas que detentan el poder. En la democracia se encontró el mejor sistema político donde estos ideales se pudieran lograr.

Es sabido que el camino de las democracias no ha sido llano y ha encontrado infinidad de escollos para su existencia, pero parece ser la mejor apuesta dentro de los modelos históricamente conocidos.

Sostenía Churchill que “La democracia es el menos malo de los sistemas políticos”, lo que significa que habiendo conocido otras formas de ejercer el poder, la democracia ofrece mayores espacios para el reconocimiento de las personas y la igualdad entre las mismas, así como para el ejercicio de sus libertades.

Cada vez son más los retos que este modelo enfrenta en todas las latitudes del mundo occidental. Uno de los problemas contemporáneos para la sobrevivencia de las democracias a decir de Gino Germani, es que en el actual sistema internacional caracterizado por la interdependencia e internacionalización de la política interior, se tiende a favorecer las soluciones autoritarias más que las democráticas.

Esto ha llevado al surgimiento de liderazgos de todos los espectros ideológicos, que a contracorriente del modelo institucional, apuntan a uno nuevo que es atractivo para quienes, cada vez más, se desilusionan del modelo existente.

Para el sociólogo alemán Max Weber, el tipo de dominación carismática es aquella que atribuye a una persona una cualidad extraordinaria, en ocasiones de carácter mágica o divina. En ella, dice Weber, no importa que esta cualidad se pueda valorar objetivamente desde el punto de vista ético, estético o desde cualquier otro punto, lo único que requiere es el reconocimiento de sus “sometidos”. En este tipo de organización, el aparato administrativo que acompaña al líder no requiere formación especializada, solamente se hace una selección basada en la inspiración del líder. No hay por lo tanto órganos estables, reglamentos ni principios jurídicos, mucho menos normas tradicionales. Hay, afirma Weber “…una creación formal de derecho según el caso concreto, lo que originariamente eran juicios de Dios y revelaciones”. Este tipo de dominación se opone radicalmente a la racional, tradicional y especialmente a la estamental. Concluye Weber, “la dominación carismática es específicamente irracional”. En ella, justificando el ejercicio desde las personas, se debilitan las instituciones.

Coincidiendo con Bobbio, el desarrollo en la democracia no se mide por el aumento en el número de quienes tienen derecho a participar en las decisiones, sino en los espacios en que se puede ejercer ese derecho. Ese espacio lo representan las instituciones.

En su resolución de 2009 el “Comité jurídico Interamericano” estableció como elementos esenciales de la democracia el respeto a los derechos humanos, el acceso al poder y su ejercicio en apego al estado de derecho, celebración de elecciones periódicas y justas, régimen plural de partidos y la separación e independencia de los poderes públicos. Estos elementos, coincidiremos, deben darse dentro del ámbito institucional. Son las instituciones las que deben garantizarlos, en consecuencia, el fortalecimiento del Estado democrático transita por el respeto y fortalecimiento de las mismas. Parafraseando a Monnet “Los hombres pasan, las instituciones quedan”.

No es por medio del debilitamiento institucional como avanzaremos en la consolidación de los modelos democráticos. Por el contrario, apostando a su fortalecimiento, reconocimiento y respeto es como abonaremos a la construcción de un mejor modelo político que garantice los derechos humanos, y con ello garantizar la dignidad de las personas, fin último del Estado democrático.

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